Tras la tormenta

Diez segundos y trescientos cadáveres. Hace cuatro años el terremoto de L’Aquila (Italia) segó 309 vidas. No fue muy grande -apenas 10 km de largo frente a 400 km del de Japón en 2011-, ni muy mortífero -el de Alhucemas de 2004, de igual tamaño, mató más del doble de personas, y ambas cifras palidecen frente a los 200 000 de Haití en 2010-. Pero la tormenta que desató en la sociedad, comunidad científica y prensa mundial arreció hasta el pasado octubre, cuando se publicó la sentencia condenatoria para seis científicos y un funcionario gubernamental por su deficiente asesoramiento y comunicación del riesgo a la población en las horas previas a la tragedia. Ahora que va escampando (apelaciones mediante) debemos mirar con calma y aprender de nuestros errores. Porque hubo muchos, y de muchas personas.

Daños producidos por el terremoto de L'Aquila de 2009 en la población de Onna. Crédito: REUTERS/Max Rossi.

Daños producidos por el terremoto de L’Aquila de 2009 en la población de Onna. Crédito: REUTERS/Max Rossi.

Todo comenzó en diciembre de 2008, cuando se disparó el número de pequeños temblores en la región de los Abruzos, cuya capital es L’Aquila. La alta actividad se prolongó meses y, aunque no causó daños, intranquilizó a la población (algo similar a lo sucedido en Torreperogil, Jaén, donde desde octubre de 2012 se han sentido centenares de pequeños temblores). Este tipo de actividad sísmica es habitual en muchas regiones del mundo, y se conoce como enjambre de terremotos, porque todos son de tamaño parecido y modesto. El problema es que no sabemos distinguir cuándo un enjambre se acabará sin que haya un terremoto más grande (como parece en Jaén) o cuándo habrá uno mayor. En los Abruzos ya había habido enjambres otras veces sin que se diera un terremoto grande, pero esta vez la naturaleza cambió el guión… y las personas lo convertimos en tragedia mediante una combinación de funestos errores:

a) De Giampaolo Giuliani, técnico del Instituto de Física Nuclear (Laboratorio Nacional de Gran Sasso, ubicado en la región), quien en marzo de 2009 comenzó a alertar a la población de que se avecinaba un terremoto importante basándose en variaciones en la emisión de gas radón del suelo. Estas variaciones se han usado en alguna ocasión para predecir terremotos; el problema es que en muchas otras (la abrumadora mayoría) sus variaciones no han permitido predecir nada. De hecho, el 30 de marzo Giuliani ‘predijo’ un terremoto “inminente” en una localidad que apenas sufrió daños durante el terremoto del 6 de abril, ocurrido a 50 kilómetros de allí. ¿Podemos alertar a la población basados en un método que no es fiable? ¿Debió Giuliani limitarse a avisar a las autoridades o hizo bien en salir a la calle megáfono en mano?

Su acción tuvo una reacción: ante la preocupación creciente de la población por los temblores y los avisos de Guiliani el 31 de marzo se convocó una reunión de la Comisión Nacional para la Previsión y Prevención de Grandes Riesgos. En vez de hacerse en Roma, donde habitualmente se reunía, se hizo en L’Aquila, seguida por una rueda de prensa (tampoco esto fue habitual).

b) De Bernardo de Bernardinis, responsable de Protección Civil y único miembro de la Comisión en la conferencia, donde aseguró que multitud de pequeños terremotos ayudan a liberar energía que evite uno grande (un grave error repetido a menudo: se necesitarían miles de temblores de magnitud 4.0 para evitar un terremoto de magnitud 6.3 como el de L’Aquila; puedes calcularlo tú mismo aquí). También sugirió a los habitantes que permanecieran en sus casas porque no había ningún riesgo, algo que no podemos asegurar categóricamente porque nuestro conocimiento tiene incertidumbres que no podemos ignorar.

Esto último fue determinante en la tragedia: a las once de la noche del 5 de abril se produjo un temblor moderado. Muchos habitantes de L’Aquila decidieron pasar el resto de la noche en la calle, como la tradición local les había enseñado durante generaciones. Otros, en cambio, tranquilizados por la información dada en la rueda de prensa, permanecieron en sus casas. A la una de la madrugada del día 6 golpeó el terremoto principal, que mató principalmente a quienes permanecieron en sus casas, cuyas familias iniciaron la causa.

c) De los reputados científicos miembros de la Comisión (Enzo Boschi, Franco Barberi, Mauro Dolce, Claudio Eva, Guilio Selvaggi y Gian Michele Calvi), quienes tras la reunión no asistieron a la conferencia y que, al conocer las palabras de Bernardinis –que no respondían a lo dicho por ellos en la reunión-, no las desmintieron ni aclararon. Tampoco se preocuparon de que se redactaran las actas de la reunión, que se escribieron un mes más tarde, generando dudas sobre su veracidad y la función real de la reunión.

d) Del sector de la construcción en la zona, por no construir según las normas del código sismorresistente italiano. Este código es uno de los mejores del mundo y establecía que los edificios de nueva construcción en el área debían soportar una sacudida mayor que la sufrida en 2009. Sin embargo, durante el terremoto colapsaron edificios modernos teóricamente construidos según sus normas, incluidas partes del nuevo hospital de la ciudad y residencias de estudiantes.

e) De los políticos; primero, por haber permitido por acción u omisión construcciones defectuosas, tan ligadas a la corrupción en Italia. Como decía el respetado y recientemente fallecido ingeniero sísmico griego Nicolas Ambraseys, “los terremotos no matan; los edificios sí”. La corrupción también, como demuestran las prácticas expuestas en L’Aquila. Segundo, porque organizaron una reunión por cuestiones de imagen y sólo para transmitir un mensaje a la población, cuando menos, simplista.

f) De los numerosos sismólogos que, nada más conocer la noticia del encausamiento de nuestros colegas, corrimos (me incluyo, lo admito) a socorrerles corporativamente firmando una carta dirigida al Presidente de la República Italiana, sin comprobar minuciosamente los detalles de la acusación y entender completamente por qué se hacía ésta. La acusación y posterior sentencia no fueron por no poder predecir el terremoto (cuestión imposible hasta la fecha), sino por subestimar y comunicar incorrectamente la información disponible sobre el riesgo al que la población estaba expuesta.

g) De numerosos miembros de la comunidad científica que, al conocerse la sentencia en octubre de 2012, pusieron el grito en el cielo diciendo que se juzgaba a científicos por no poder predecir terremotos, compararon el juicio con el que sufrió Galileo por parte de la Iglesia Católica, pregonaron que los científicos no podemos tener ninguna responsabilidad (¿por qué si un médico, un abogado o un arquitecto la tienen?, ¿somos los científicos diferentes?) y que la sentencia haría que los científicos no tomaran parte en comités de expertos (¿deberíamos dejar de participar allí donde se asesora a los que toman las decisiones si realmente queremos que nuestro trabajo repercuta en la población?).

h) De muchos medios de comunicación que cubrieron la noticia alineándose con la ‘causa científica’, sin reconocer el papel de la comunicación científica en la sentencia. Afortunadamente no todos siguieron esa línea; como ejemplo, el excelente reportaje de Stephen Hall, por cuya equilibrada visión recibió recientemente el premio Walter Sullivan a la excelencia en periodismo científico de la Unión Geofísica Americana.

L’Aquila ha sido una tragedia para miles de personas, muchas de las cuales aún no tienen casa, y para la región. Tragedias como ésta, y también mucho mayores, suceden cada año en distintas partes del mundo, resultado de los peligros naturales y una suma de errores de múltiples personas. Sin entrar a valorar la sentencia y el porqué ésta no incluye también al resto de actores implicados, creo que debemos humildemente asumir las limitaciones de nuestro conocimiento, nuestros errores y sus consecuencias, aprender de ellos y entender que implicarse en mejorar la sociedad conlleva ciertas responsabilidades que se aceptan voluntariamente.

Acerca de rocambloguesco

Seismologist and Earth scientist, science communicator, mountaineer and speleologist. Enjoying the wonders of our planet!

Publicado el abril 5, 2013 en Comunicación científica, Geociencias, Geofísica, Peligros naturales, Sismología y etiquetado en , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: